miércoles, marzo 23, 2005

Almendra


Almendra. Uno de los grupos emblemáticos de la música argentina, cuando el rock nacional no era negocio. Caricatura de Raúl "Perro" Perrone.

La revolución es el fruto de mil plantas

Por Julio Carreras (h)
Especial para El Ortiba

1.1955

Una falla irreparable iba a abrirse en nuestras vidas.
Con mi hermano Gustavo compartíamos la habitación. Despertábamos aquel invierno de 1955 cada amanecer con temor. Gustavo tenía 3 años y 1/2, yo 5. Al levantarnos, un día supimos que nuestra madre se había ido de casa. Otro día, poco después, que los militares habían derrocado a Perón.
Adquirían entonces dolorosa coherencia las oscuras imágenes con que interrumpieran una proyección de Superman, en el Petit Palais. Poco antes de que se fuera nuestra mamá.
Aquel noticiero nos arruinó el día. Sin comprenderlo muy bien, sentíamos con Gustavo que algo muy grave estaba pasando en el país, que aquellos cadáveres calcinados, aquellos restos de automóviles retorcidos en la Plaza de Mayo eran verdad: unos aviones de la Marina de Guerra habían bombardeado la ciudad para matar a Perón.
¡Matar a Perón! Para nosotros como decir "matar a nuestro padre", o "matar a nuestro abuelo": una acción desmesuradamente ominosa, ¡sin la más remota posibilidad de justificación! Los asesinos de Perón no tenían rostro, mas por algún luciferino ensalmo acechaban ahí. Eran como una niebla negra, avanzando sobre la atmósfera, para tapar el sol.

2. Primeros combates

De la calle escuchamos unas bocinas, esa tarde. Y una música, y gritos, y parlantes. Para ver bien lo que ocurría subimos al techo. Eran los vecinos de enfrente, angosta calle de tierra por medio: radicales... Gritaban con alegría: "¡El tirano ha caído!", "¡Muera Perón!" Un camioncito con bocinas en el techo propalaba marchas militares, interrumpidas cada momento por una voz engolada que difundía noticias y agitaba. "¡Viva la revolución libertadora!" "¡Viva el general Lonardi!"
Al techo de la casa de enfrente, en leve diagonal con la nuestra, subió Chuni Barraza, el único varón de esa familia, dos años mayor que yo. "¡Viva Lonardi!", se puso a gritar, "¡Viva Balbín!", "¡Viva la Unión Cívica Radical del Pueblo!"
Descolgué la honda de mi cintura, la cargué con una piedra de mi bolsillo y contesté más alto: "¡Viva Perón!", "¡Viva Evita!", "¡Mueran los gorilas!", acompañando mis gritos con el primer hondazo, que hizo saltar un trozo de revoque en el borde de la terraza de enfrente, apenas unos centímetros por debajo de Chuni.

3. La clandestinidad

Traición. Empezamos, con Gustavo, a escuchar esa palabra con frecuencia. Fulanito había traicionado. Menganito, un sindicalista, había traicionado: se había vendido a los asesinos. Por eso en las ocultas reuniones peronistas se lo llamaba "alma de gallina".
Mi tío Agustín andaba escondido. Había perdido su puesto como maestro de escuela. Lo buscaba la policía. "Llevale esta comida, muchacho", me decía mi abuela. En un plato hondo, tapado con otro plato, estaba. Dos panes encima, todo envuelto con un repasador. Apurado por el calor sobre mis manos y para que nadie me viera -me lo había dicho mi abuela- caminaba las dos cuadras en ángulo recto hasta la casa de mi tío Mariano. Todas las puertas y ventanas de la casa estaban cerradas (mi tío Mariano con su familia vivían en el campo).
Mi tío Agustín escribía, con luz artificial. A su lado, un 38 largo. El arma me pareció gigantesca y helada. Al verla me sobrevino un desaliento, por comprender repentinamente el peligro en que vivíamos.
Traición. Traición. Por esos tiempos comenzamos, con Gustavo, a escuchar también esa palabra con relación a mi madre.

4. Uturuncos

No recuerdo cómo ocurrió que con Gustavo fuimos a parar a la plaza principal, frente al Cabildo (convertido en Jefatura de Policía) cierto mediodía con mi tío Mariano. Los traían a los Uturuncos de Tucumán. Una discreta muchedumbre se había congregado en la vereda del frente, sobre la plaza. En la calle que hasta el 55 se había llamado Eva Perón y ahora se llamaba Libertad se detuvo un colectivo como un escarabajo. De él bajaron cuatro o cinco muchachos, esposados. Eran los guerrilleros peronistas, que habían capturado en las selvas tucumanas algunos días atrás. Multitud de policías y soldados los custodiaban.
Los rostros de los guerrilleros quedaron grabados para siempre en mi memoria, en particular el de uno. Era muy joven, de ojos altaneros, rostro pálido: tal vez no tenía bigotes, esos bigotes negrísimos, con sus apenas 17 años, pero yo se los dibujé. Luis Enrique Uriondo. Lo admiré. Se había jugado por Perón. Se había jugado por la patria.
Era un macho de verdad, con el sentido que nos había enseñado mi abuelo. Ser macho no significaba andar alardeando, ni pegarles a los chicos o a las mujeres. Ser macho era arriesgar la vida por un ideal. La Patria o la vida de los demás. Eso era ser macho. Eso es ser macho de verdad, en nuestra cultura nacional.
Era otro invierno, el de 1960. Yo tenía 10 años ya, Gustavo 8 y 1/2.

5. Neoperonismo

A los 14 años -Gustavo 12 y 1/2- habíamos aprendido a dar un alto valor a las palabras. Fue cuando escuchamos por primera vez -y leímos- el término "neoperonismo". Se hablaba de la imposibilidad de proscribir indefinidamente al peronismo, demostrada por la realidad a los gorilas en el gobierno. Y de un oscuro plan para integrarlo por medio de una reforma desde dentro, de un peronismo domesticado, "democrático", aceptador de las sagradas verdades del liberalismo capitalista y sus sumos sacerdotes, los presidentes norteamericanos. Augusto Timoteo Vandor, un sindicalista que supo ubicarse en un puesto clave para la entonces aún potente Argentina industrial, se postulaba como "alternativa" de un "peronismo" potable para los gorilas. (Básicamente, la misma maniobra que realizará casi 30 años después Carlos Saúl Menem). Lo acompañaban varios gobernadores de provincia.
Era un tiempo en el que la organización de la Resistencia crecía sobre pequeñas agrupaciones que habían brotado aquí y allá a lo largo de la Patria. Pequeñas pero ejemplares. El neoperonismo no prosperó entre las masas. Pronto la gente común o los militantes intermedios (como mi padre, mi abuelo y mis tíos) les darían la espalda.

6. Taco Ralo, Massetti, el Ché

Mi padre y mis tíos (Mariano y Agustín) compraban todas las revistas informativas que se podían obtener entonces (sí: todas). Esta voracidad lectora se debía seguramente a que estaban en lucha. Debían manejar la mayor cantidad de información posible. Antes que ellos incluso las hojeábamos con Gustavo, para observar las imágenes.
Así pasaban ante nuestros ojos hermosas fotografías a toda página de Maria Félix, Gina Lollobrigida o Burt Lancaster publicadas por Life en español. Coloridos dibujos humorísticos en la revista O´ Cruzeiro, inextricables alusiones y caricaturas que nos parecían desmañadas, en Tía Vicenta.
Por medio de estas revistas -Leoplán, Visión, 7 días "Ilustrados"-, nos íbamos a enterar también del surgimiento de la guerrilla y su fugaz performance en Taco Ralo. De la guerrilla de Massetti (apadrinada por el Ché) y de la pasión y muerte del mismo Ché.
La participación de curas, como Camilo Torres, en las diferentes guerrillas que aparecían aquí y allá en Latinoamérica como hongos, calaría muy hondo en nuestra mentalidad católica. "¿Qué estudian tus hijos?", preguntaría unos años más tarde cierto amigo a nuestro padre. "Uno para cura, otro para guerrillero" le respondería, espontáneamente, con la vaga convicción de ser vocaciones semejantes.

7. De Perón a Marx

En el invierno de 1972 tomamos la facultad de Ciencias Económicas de Santiago del Estero. La conmemoración del tercer aniversario del cordobazo había sido un pretexto para hacerlo y reclamar, contra la privatización de la Universidad, por el retorno de la democracia, la libertad de los presos políticos. Fue una noche larga, intensa e inolvidable. Nadie durmió, no porque el ejército nos hubiera rodeado, cubriendo la plazoleta del Convento de Belén con ametralladoras pesadas. No porque toda la ciudad estuviera pendiente de esos doscientos jóvenes, que se habían atrincherado en el edificio clerical de esta arcaica población. Sino porque nos apasionaba la Revolución, que íbamos descubriendo como una Tierra Prometida, y se nos dibujaba cada vez mejor en cada charla, en cada debate de aquella noche luminosa. Gustavo no iba conmigo, pues ya había ingresado en el Seminario de Tucumán. Clara sí.
Por la mañana, luego de que el rector Cerro, escoltado por una multitud de soldados y policías se aviniera a "considerar" algunas de las peticiones, fuimos saliendo en fila india para ser subidos en celulares. Una de las condiciones pactadas era el buen trato y que nadie iba a quedar detenido, así que nos tuvieron sólo el tiempo suficiente para pintarnos los dedos y dejarnos fichados. Al volver a casa, cansado, como a las cuatro de la tarde de un día neblinoso, fui directamente a mi habitación, para tirarme un rato en la cama. Desde allí busqué con los ojos al afiche de Marx, que tenía pegado sobre mi escritorio, a la derecha. No estaba. En su lugar habían puesto una foto de Perón. Alarmado, me di vuelta a buscar la efigie del Ché que tenía tras de mi cama. ¡Tampoco estaba! ¡En su lugar una foto de Paulo VI!... "Mi papá", pensé, indignado. Y fui a buscarlo inmediatamente.
"¿Quién carajo te crees vos para arrancarme los afiches y cambiármelos por los de esos viejos pelotudos?", le reclamé a los gritos.
"Escuchame bien porque te lo diré una sola vez -contestó mi padre con firmeza-: no vuelvas a poner a esos tipos en la pared, porque si lo haces te quitaré la llave de nuestra casa y te vas de aquí. ¡Lo último que podría tolerar es tener un hijo comunista!"

8. La militancia marxista

Volví a poner afiches, y más grandes, no sólo de Marx y el Ché sino también de Trotsky, a quien por entonces había empezado a admirar. Mi padre no cumplió con su amenaza; pero tampoco yo me quedaría por demasiado tiempo en casa. Traspasado por el dolor de haber perdido a Clara, había "madurado" a pasos agigantados, si por esto se entiende el conocimiento del dolor hasta límites insoportables, y la adopción de postulados solemnes como cualidad esencial de la existencia. Casi un año después de aquella toma de facultad y otros sucesos vertiginosos me fui a Córdoba, contratado por la revista Posición, para ocuparme de tareas periodísticas en ese medio financiado por el PRT.
Gustavo casi había desaparecido de mi vida, Perón había sido dejado atrás: pero en un fascículo especial que nuestra revista publicara sobre el fascismo, aún lo defendí parcialmente al negar que tal término pudiera ser aplicado al justicialismo. Y un tiempo más tarde, el 1º de julio de 1974, ese día tan frío y húmedo de su muerte, mientras me dirigía a toda prisa por las ondulantes veredas de Barrio Observatorio hacia mi trabajo en la imprenta, no podía evitar que las lágrimas se mezclaran sobre mi rostro con las vírgulas congeladas de la llovizna mientras caminaba.

9. Ni yanquis ni marxistas

En la cárcel volví a acercarme a los sectores peronistas. No a Montoneros, con quienes mantuve siempre una cordial aunque algo distante relación. Sino a los "históricos" como Lerner, que había estado en la guerrilla de Taco Ralo, de Massetti y luego en las Fuerzas Armadas Peronistas. O a algunos sindicalistas de la UOCRA y la UOM, que decían: "Pensar que si hubiésemos estado afuera, nos hubiésemos cagado a tiros... ¡qué pelotudos que éramos!" Les contestaba entonces que nuestro Ejército Revolucionario del Pueblo no disparaba contra sindicalistas, por más que los considerásemos burócratas. Nuestros blancos eran los militares y la policía.
Pese a esto, no volví a ser peronista. Gustavo tampoco. Su camino de sacerdote lo acercaría a sectores llamados "progresistas" de la Iglesia Católica. Y después del "Santiagueñazo", él sería líder de un nuevo partido: Memoria y Participación.
Ambos continuamos nuestra acción política en un área comúnmente llamada izquierda... pero ni él ni yo nos consideramos marxistas.

10. Un nuevo movimiento revolucionario

Desde mis conversaciones con Lerner en la cárcel de Sierra Chica, en 1977, no dejó de rondarme la imaginación la posibilidad de un nuevo movimiento revolucionario latinoamericano. Un movimiento que sea nacionalista -pero no fascista-; un movimiento que sea socialista -pero no marxista-. Algo parecido a lo que habían buscado en su tiempo Árbenz, Haya de La Torre, Perón. Pero sin la infiltración insidiosa de esas células cancerígenas de la ultraderecha o el neoliberalismo, que habían infectado los movimientos de los dos últimos, para terminar aniquilándolos.
En ese tren comencé a recuperar entonces el pensamiento del primer Santucho -Francisco René- quien en los documentos liminares del FRIP abogaba por un partido revolucionario latinoamericano, que se cuidara tanto del imperialismo norteamericano como del marxista.
El surgimiento de Chávez en Venezuela pareció dar al fin un tono preciso a nuestras especulaciones de todos estos años. Es preciso sin embargo determinar claramente las dificultades internas con que hoy chocamos, para evitar que esta revolución también termine en el fracaso.
La principal de ellas -en realidad la que motivó la escritura de estos comentarios-, la principal dificultad con que están tropezando hoy los movimientos revolucionarios es el sectarismo político interno. Pues si los observamos desde una serena distancia, todos los grupos políticos populares venezolanos buscan objetivos que podrían unificarse. También los brasileños, o los argentinos. Pese a ello, no logran actuar en común.
Esta división feroz no sólo libera a quienes llegaron al poder soliviantados por la marejada revolucionaria, abriéndoles la posibilidad de corromperse, sino también debilita este embate original, permitiendo a la monolítica oligarquía reponerse.
Una vez más debe decirse: unámonos, o seremos derrotados. El peronismo ya no existe. El izquierdismo tampoco. Ambos han dado origen a movimientos nuevos, más creativos, menos permeables a desviaciones mezquinas, aunque aún no tengan nombre (y si no lo tienen, mejor, ello puede significar que son espontáneos y siempre en desenvolvimiento, como la vida).
A quienes combatimos en los 50, 60 y 70 se nos van los últimos cartuchos en esto: atrevámonos, esta vez, a la unidad.


Santiago del Estero, 28 de junio de 2006.

sábado, marzo 05, 2005

ENAMORADO DE GALEANO

(Autonomía, sábado 9 de agosto de 2003)

Hoy, mientras tomaba mate a las cinco y media de la mañana, proyecté escribir dos artículos. Uno se iba a llamar "Iraq resiste". Otro "El Fondo lo sabe todo" (referido a Kirchner). Pero al levantarme para ir a la computadora, me llegó no sé de dónde una frase de Sarlanga. Esa del
título.


1. Entre las balas

No he tenido hasta ahora la suerte de conocer a Galeano.
Debo aclarar que soy religioso y por lo tanto creo en la suerte (o providencia). No dejé de serlo ni aún cuando militaba en el PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores) y los compañeros, afligidos pues se me hallaban algunos méritos pero resultaba inadmisible que un verdadero marxista-leninista conservara esa "zona oscura", asignaron a un militante antiguo la tarea de "darme lucha ideológica". Hasta demostrar que en el universo no existía otra cosa que la infinita, serena, combinación de innumerables manifestaciones de La Materia.
El "Gallego" Hermida, excelente compañero, venía de los tupamaros. Se lo respetaba muchísimo, entre otras cosas, porque había sido uno de los autores del famoso túnel, desde la cárcel de Punta Carretas. Dos veces por semana tenía que reunirse conmigo, a solas, para leer "los clásicos" (Marx, Engels, Lenin) e ir desmoronando, uno a uno, los argumentos idealistas que aún me mantenían atado a "supersticiones". Era tarea que urgía, pues estaban matando muchos combatientes y se necesitaba gente nueva, decidida, joven, para cubrir los huecos en la conducción que iban quedando.

2. Crisis

En 1975, desde San Francisco de Córdoba, le escribí a Galeano por primera (y última) vez. En un sobre grande, enviaba un cuento, que redactara un par de años antes y había conservado en un cuaderno. Luego de varias revisiones lo había pasado a máquina. Con una breve nota de presentación, se lo remití, solicitando con primeriza humildad su consideración para ser publicado en Crisis -la nunca igualada revista que editaba Galeano. No tenía la menor esperanza de que se publicara, en parte porque conocía la proverbial suficiencia porteña hacia todo lo salido del interior. También porque sentía -como todo el que hace algún arte- esa inquietante sensación de que "le faltaba algo", de no haber logrado hacerlo perfecto. Pero debía cumplir con el mandato que me impusiera dos años antes (y por lo cual escribiera el cuento): obligarme a trabajar cada día para llegar a ser, alguna vez, escritor. No había hecho nada prácticamente, según lo entendía entonces, para cumplir con tal propósito. Asignado a la revista Posición, desde mediados de 1973, componía largos artículos (en su mayor parte sintetizando o mixturando datos económicos, históricos o políticos, tomados de innumerables fuentes), diagramaba la revista, escribía alguna noticia cordobesa para el diario El Mundo, cubría las conferencias de prensa de los sindicatos combativos, por las noches corregía sintaxis y diagramaba las revistas de esos mismos sindicatos, manejaba una camioneta Fiat 1500 para llevar papel a Oncativo, donde teníamos la imprenta, entregaba vehículos con armas a algún compañero que no podía llegar hasta la ciudad, organizaba reuniones del FAS (Frente Antiimperialista y por el Socialismo) en los barrios pobres, redactaba volantes; en fin, era un militante, a tiempo completo y para lo que guste mandar. Se imaginará que pocos momentos me quedaban para redactar ficciones. Mi cabeza estaba siempre llena con "la realidad".
Como una semana después recibí un sobre blanco, tamaño A4, en cuyo reverso tenía escrito, a mano, "Remitente: Eduardo Galeano" (y la dirección). No lo quise creer. Lo miré un largo rato, antes de abrirlo con el mayor cuidado, cortando con una tijera apenas un milímetro del borde superior, para no dañar su contenido. Una sola hojita de papel, proporcionada con el sobre, también escrita a mano. En ella me decía -Galeano, pues miré la firma antes que nada- haber recibido mi cuento. Que estaba bien escrito, pero le había dejado un sabor, como de "historia real" (su protagonista eran un niño, su papá y su mamá maestros, en el vasto interior santiagueño). Le parecía que la historia daba para mayor extensión y terminaba proponiéndome convertirlo en artículo sociológico. En ese caso, podría ser publicado. Me senté por la emoción. ¡Me había escrito Galeano! ¡Él, en persona! ¡Era su letra (aunque no la conocía, llevaba su firma abajo, lo cual refrendaba su autenticidad)! Galeano, entonces, era el para mí inmenso, inalcanzable director de Crisis. El gigantesco autor de Las Venas Abiertas de América Latina. Un libro que había cambiado mi vida.

3. Frente Revolucionario Indoamericano y Popular

Leí Las Venas Abiertas de América Latina en 1971, mientras hacía la colimba. No pude dejar de leerlo ni un sólo día, desde que lo compré, en la vieja librería Dimensión, fundada por el Negro Francisco René Santucho, que por entonces atendía la Gilda (el Negro andaba ya clandestino). El Negro había influido mucho en mi pensamiento (de un modo indirecto, pues apenas lo recordaba desde la infancia, cuando junto a poetas y pintores solían reunirse a discutir con mi padre, que era peronista). Indirecto porque, luego de un periodo de deserción que empezó hacia los 14 años, cuando empezaron a gustarme las chicas y algunas me hicieron caso, pero además tocaba la guitarra eléctrica en un grupo y ambas pasiones ocupaban todo mi tiempo, regresé a la lectura y lo hice como un Hijo Pródigo. Entonces volví naturalmente a Dimensión, donde bastaba con decirle a la Gilda "llevo este libro" para que ella contestara "está bien" y lo anotara en mi cuenta (antes lo había hecho en la de mi papá). Allí conocí los folletos del FRIP (Frente Revolucionario Indoamericano y Popular) fundado por Francisco René Santucho. El FRIP promovía la equidistancia entre los intereses yanquis y los soviéticos, aún reconociendo sus diferencias. Reivindicaba al marxismo, pero el de Trotsky. El de la URSS era llamado "stalinismo". Por ese tiempo el FRIP
hacía causa común con el peronismo (el de Ongaro, el de "los Argentinos"). Esta posición era perfecta para mí, que venía de una familia peronista, uno de cuyos textos capitales fuese el Martín Fierro, y se hablaba de los comunistas del PC como una especie de marcianos generalmente aliados con los enemigos: la Unión Democrática de Balbín y "Norteamérico" Ghioldi.

4. Clara Beatriz Ledesma Medina

Poco después conocí a Clara. Ella era como un septiembre, o como los lapachos. Desde su aparición a la distancia, en piernas melodiosas, los cabellos al aire, toda naturaleza cambiaba. Morena y fuerte, cualquier brillo se le subordinaba. Juntos leímos "La revolución permanente", "El medio pelo", "El dios de los lugares ocultos" -de Hal Bennet, 1972, que nos hizo estremecer. Allí, un soldado negro volviendo de Vietnam, se halló en la habitación casualmente solitaria con su hijito de pocos días. Lo asfixió con un almohadón. Quería evitarle la existencia que le había tocado a él.
Leíamos además toda revista cultural o informativa que cayese a nuestro alcance (Primera Plana, Planeta, Transformaciones, Los Libros...). La gente nos decía que "éramos lindos", pero vestíamos con desaliño. Todo el dinero lo invertíamos en cine, revistas, discos, libros. Ella empezó a estudiar Ingeniería Forestal, por coherencia política, y también formamos el grupo SER, con el cual trajimos La Biblia de Vox Dei y organizamos el primer recital de Rock Nacional, en un barrio. Juntos leíamos, en reuniones de grupo, "Las Venas Abiertas". Y también "Alma encadenada", de Eldridge Cleaver. Y las "Cartas desde la cárcel" de Angela Davis, pues por entonces redoblabábamos nuestro amor a los negros: por el jazz, por el soul, por Jimi Hendrix, por su inclaudicable dignidad, por haber creado los Black Panthers. Proyectábamos avanzar unidos "hasta que la muerte nos separe".
Desdichadamente esa circunstancia iba a llegar pronto: el 6 de enero de 1973. No tras una bala enemiga, sino por un aborto. Su familia se oponía tozudamente a nuestra relación, mi padre también. Fui lo suficientemente cobarde como para aceptar sus argumentos ("son unos irresponsables... ¿de qué van a vivir?... no tienen profesión, se van a morir de hambre y el chiquito también... le van a arruinar la vida, ¿se creen que es joda traer un niño al mundo").
Ellos murieron y yo también. Durante cuarenta días estuve encerrado, solamente dibujando de memoria con un lápiz el rostro de Clara en la pared. No me suicidé: pensé que debía enfrentar el inmenso pecado y redimirme ante Dios. Los compañeros sugirieron que mi vida podría ser altamente útil entregándola a la Revolución. Eso intenté hacer. Y también decidí ser escritor.

5. Días de ardor y empeño

En aquel lapso sucedían muchas cosas. Fusilaron a los Héroes de Trelew. Había regresado Perón, aunque por unos días. Y el 25 de Mayo: "Cámpora al gobierno". Y la Masacre de Ezeiza. Agustín Tosco vino a hablar en Santiago. Se formó el FAS. ¿En qué momento apareció Crisis? En abril de 1973, creo. Para mí fue una revelación. El equilibrio justo entre marxismo revolucionario y nacionalismo, que andaba buscando. Pero además ¡ese diseño! ¡Era algo extraordinario! Crisis representaba una innovación total, por su contenido y por su presentación. Era audaz: por primera vez veíamos una revista que titulaba en minúscula, usar los recuadros con punta redondeada otorgaba una plasticidad visual y movimientos hasta entonces desconocidos, el papel, rústico, un poco amarillento, la textura justa para el tipo de publicación que era, a la vez fuerte y refinada: como el Hombre Nuevo de Guevara o el Verdadero Intelectual de Jauretche, de Marechal.
Me fui a Córdoba. Empecé a trabajar intensamente, como ya narré, y a militar sin dormir siesta, desde las cinco de la mañana hasta el día siguiente a las dos o tres. Con el financiamiento del FAS (Frente Antiimperialista por el Socialismo) hacíamos una revista: Posición. Tirábamos 5.000 ejemplares que se distribuían en Córdoba y todo el norte. Me asignaron la diagramación desde el número 3, que inauguré con una portada en azul contra blanco: la efigie del Che, y únicamente las letras, que afirmaban "Posición" como si fuera una pintada, un poco chorreante, en rojo. Por lo demás, en todo, imitaba a Crisis. Hasta en el papel (debido a lo cual descubrí la existencia del "diario-brasileño-extrapesado").

6. Gloria Susana Gallegos Atrio

El 14 de septiembre de 1973, durante un acto donde al menos cinco mil cordobeses repudiaban el golpe de Pinochet, creí sentir en la nuca una presencia. Me di vuelta. Ojos como avellanas luminosas, estaban causándome aquel cosquilleo. Comprobé con asombro no racional la perfecta posibilidad de los rostros de Modigliani. La hermosa muchacha estaba flanqueda por otra un poco mayor, y del otro lado El Pato, un gringuito estudiante de medicina que conociera en el FAS. Me toqué la campera sobre el corazón y comprobé que no tenía cigarrillos. Entonces salvé los veinte pasos que me separaban de El Pato y le dije: "disculpá, todos los negocios están cerrados por la manifestación... ¿no podrás convidarme un faso?" Todos fumábamos Particulares Negros. Pero el asunto era ver de cerca a Gloria. Pues de ella se trataba. Aunque por entonces la llamaban "Myriam". "Susuki". O "la cuñada de Chanchón" (uno de los capos máximos del ERP, destinado a morir poco más tarde durante el copamiento de Villa María).
El sábado siguiente la encontré en una peña; la saqué a bailar. Desde entonces bailaríamos juntos en todas las pistas de la vida. Así viniera salsa o tango. Nos casó un sacerdote que se ganaba el sueldo trabajando como obrero metalúrgico. Acompañados por "La Biblia" de Vox Dei, tocada por un conjunto de jóvenes montoneros. En la capilla del Perpetuo Socorro, de San Francisco, logramos pues "la unidad en la práctica de los grupos revolucionarios".
Gloria es hoy la madre de mis hijas, aún está conmigo y creo que llegaremos juntos al final de nuestras existencias. Hemos compartido la militancia y la cárcel, la pobreza y la prosperidad, las luchas, muchas penas e innumerables alegrías. Ella me sacó de todas las muertes cada vez, estirando su noble mano siempre que la necesité. A lo largo de nuestra ya larga alianza, aprendí el significado de la palabra amor.

7. Zona Este

En noviembre de 1974 todos los diarios publicaron en la primera plana una lista de treinta guerrilleros, buscados por copar el cuartel de Villa María. Mi nombre estaba, así que debí pasar a la clandestinidad. Como mi esposa era de San Francisco (en el límite con Santa Fe), decidimos trasladarnos hacia allí. Gloria estaba embarazada de nuestra primera hija, Anahí, por lo cual debía procurarme un trabajo. Ella, además, estudiaba medicina; así que debíamos obtener fondos. Como ya no podía usar mi nombre, un compañero me ofreció trabajo en su cuadrilla de albañiles.
Jamás había tomado una cuchara en las manos salvo para comer, ni tenía idea de cómo se preparaba la mezcla o el hormigón, pero pronto aprendí. Me fue tan bien que cuando se terminó el contrato (dos galpones para una fábrica de plásticos), fui a ofrecerme en la empresa de construcción más grande de San Francisco y conseguí el puesto. Enseguida me afilié a la UOCRA, así que mi hija nació con Obra Social.
Hacia la primavera de 1975 conseguí otro trabajo... ¡como encargado de personal en una fábrica metalúrgica!... Nuestra situación económica mejoró notablemente, había nacido nuestra primera hijita. Durante esa situación relativamente feliz fue que decidí escribirle a Galeano. En aquella respuesta que ya describí, me indicó pues que transformara esta narración en artículo. Y a ello me puse, un día domingo.
Solía levantarme muy temprano para escribir; aún así, me costaba. Por cierta impericia natural, pero también por agotamiento. Nuestra militancia de entonces resultaba sobrehumana: ahora lo veo.
Después de trabajar -de 7 a 12 y de 2 a 6 de la tarde- debía participar casi todos los días en reuniones, que duraban a veces hasta las dos o tres de la mañana. Otras veces debía viajar, a localidades cercanas, como Porteña o Brinckmann, pues era el responsable general del partido en esa Zona. O participar en acciones, por más pequeñas que fuesen, siempre peligrosas. Pese a ello terminé el artículo. Y lo mandé. Pero poco después me detuvieron (el 12 de enero de 1976). Y pasé en la cárcel hasta el 16 de octubre de 1982. A mi esposa Gloria la detuvieron esa misma noche, y salió un año antes. Nunca supe si el artículo había llegado a manos de Galeano. O si lo habían publicado. O si no le había gustado, desechándolo, en cuyo caso tal vez me habría contestado, con su gentileza inaudita, algo así como: "...lo siento mucho, amigo Carreras, siga escribiendo, por ahora su texto no..." No sé.

8. De las catacumbas

En la cárcel hablábamos de Galeano. Algunos lo denostaban. Por diferentes razones. Desde la izquierda, ciertos compañeros lo homologaban a Benedetti, Mercedes Sosa, u otros "intelectuales
de izquierda" diciendo: "serían incapaces de tomar las armas" -lo cual para muchos era semejante a decir minusválidos. Otros, desde la derecha, decían más tarde, cuando ya se vio claramente la derrota del proyecto revolucionario: "Galeano es uno de los responsables de que hayamos elegido la lucha armada". Por supuesto en la cárcel no nos permitían ingresar la revista Crisis (que por otra parte, había dejado de salir, y su productor, Vogelius, incluso había estado preso en La
Plata).
Milagrosamente, al salir, recuperé muchos números de Crisis: se habían salvado del saqueo, los habían conservado mi cuñado y mi suegra. Algún tiempo después conocí a un poeta de Buenos Aires, algo misántropo, que tenía la colección completa... ¡desde el primero hasta el último número! Durante unos días que pase en su casa, en 1984, se las envidié. No sé que fin habrán tenido. Pues este hombre -que ya entonces contaba cerca de sesenta años- murió, hacia 1989. Vivía solo, y nunca supe que tuviese otra familia que un par de gatos.
El mundo había cambiado (eso es lo que se nos pretendía hacer creer). Ya no existía la izquierda.
Ahora, hasta los más "progresistas" abrevaban fuentes postmodernas. Junto a Marx, había desaparecido Galeano. 1990 iba a ser la apoteosis del Pensamiento Único, con la unificación de Alemania, la espectacular demostración norteamericana en El Golfo y el menemismo en Argentina.
Pero Galeano parecía dispuesto a no dejarse vencer tan fácilmente. Hacia 1995 supe que había venido a Termas de Río Hondo, una localidad 70 kilómetros al oeste de Santiago. Me fue imposible ir a verlo, pero una de mis hermanas contaba que había concitado a una multitud. Hacia 1997, con internet, empecé a recuperarlo. ¡Era uno de los pocos autores que aparecía fácilmente en todos los buscadores! Aquí y allá encontré artículos suyos, narraciones cortas, comentarios. Su estilo se había pulido, se había concentrado, pero era el mismo, genial, Galeano... Hasta su extraordinario resurgimiento de los últimos años, ya entre dos milenios, que lo ha colocado de nuevo en boca de casi todos, tanto o más como en aquellos años de sus primeros triunfos.

9. Quipu

En aquellos años intermedios hice una revista: Quipu de cultura. Por supuesto, intenté imitar a Crisis. Aunque era tabloide, diagramé sus páginas adaptando lo mejor posible el estilo genial de la querida revista a este nuevo intento. Tuvo un moderado éxito, en el interior. Entre Córdoba, Santiago, Chaco, Entre Ríos y Santa Fe vendíamos unos 500 ejemplares. Por causa de ello me invitaron a Córdoba, a una Reunión de Editores de Revistas Culturales. Allí, durante la celebración de cierre, iba a tener una intensa emoción. En cierto momento invitaron a Sarlanga...
¡el creador del diseño gráfico de Crisis!... Vivía ahora en Córdoba, trabajaba para el gobierno en una revista, Papeles. No era otra cosa que una versión manierista de Crisis. El diseño de Papeles dejaba con el aliento cortado... ¡hermosa! Hasta habían concebido la excelente idea de imprimir, en cada tapa, una magnífica reproducción de pinturas cordobesas. Y en la contratapa, el dibujo a todo color de humoristas (con Hortensia, Córdoba había dado a la Argentina ya grandes maestros). Para preservar la edición, se había dispuesto una sobretapa de plástico grueso, transparente. Era, en fin, un verdadero objeto de arte. Pero, ¡ay!, flojeaba el contenido. Allí estaba Sarlanga, es cierto... pero faltaba Galeano.
Fue precisamente esa noche, en que se rendía un homenaje a Sarlanga, que él comenzó su discurso de agradecimiento con estas palabras: "Si un hombre puede enamorarse de otro hombre... entonces, yo estaba enamorado de Eduardo Galeano". Narró a continuación las experiencias inolvidables durante su trabajo en la redacción de Crisis, donde se veía aparecer de improviso a Gabriel García Márquez, a Jorge Amado, a Paco Urondo... o se levantaba el tubo para escuchar del otro lado la voz de Pablo Neruda, que llamaba para saber la fecha de cierre del próximo número... pero, "el verdadero genio de todo este calidoscopio genial era Galeano -indicó Sarlanga-: él estaba en todo, en los textos, en los títulos de tapa, en la diagramación"...

10. Galeano

Me quedó en la mente esa frase de Sarlanga: "enamorado de Galeano". Creo, que de algún modo, yo también he estado, una gran parte de mi vida, enamorado de Galeano. Enamorado de su coraje, su lucidez para dotarnos -a los Americanos del Sur- de un instrumento ideológico tan potente como su pensamiento y su labor intelectual. Que a la vez nos permite amarnos más los unos a los otros, mirarnos de frente, amar a nuestra tierra, nuestra pertenencia y cuya pertenencia somos, pese a la perversa trama establecida desde la Edad Media para inducirnos a la negación infinita.
Hace algunos meses he leído de nuevo "Las venas abiertas de América Latina". Otra vez la compré en lo de la Gilda (quien ya no espera a su esposo, Francisco René Santucho: fue secuestrado en 1975, por bandas parapoliciales de Tucumán). Ella con gran ignidad conservó Dimensión, entre zozobras pero revitalizada, no casualmente, para estos nuevos tiempos. El libro es para mis hijas. Pero no pude resistir la tentación: y otra vez sus páginas me absorbieron durante diez o quince días hasta que llegué al final.
Otra vez me he conmovido hasta la médula con este conciso, extraordinario documento histórico, con el lúcido alegato ideológico de sus capítulos. Y otra vez me dije, al terminar... "¡Qué extraordinario tipo, este Galeano! ¡Cómo me gustaría conocerlo!"
Tengo ciertas esperanzas. No soy tan viejo (53 años) y estoy convencido de que, todavía.... ¡el futuro es nuestro!