lunes, octubre 29, 2007

Pino Solanas: "el gen argentino"


Por Julio Carreras (h)

Hasta las 8 de la mañana, hora en que empiezo a escribir esta nota, Fernando "Pino" Solanas, candidato del "Proyecto Sur", lleva obtenidos casi 300 mil votos (1,61 por ciento). Esos números lo colocan en quinto lugar, después de Elisa Carrió, Roberto Lavagna y Alberto Rodríguez Sáa. Con el 95, 26 por ciento de los votos escrutados, Ricardo López Murphy, el candidato de la ultraderecha neoliberal, se ubica dos lugares más abajo, después de Sobisch y Asís, con el 1,45 por ciento del total.

Si se tiene en cuenta la poca anticipación con que Solanas empezó su campaña electoral, la precariedad de recursos, las innumerables dificultades que debió atravesar el votante que intentó darle su apoyo en el plano nacional, debe reconocerse la performance electoral del talentoso cineasta argentino como una verdadera epopeya. Para mencionar un ejemplo patético, en numerosas mesas del todo el país -al parecer en miles de ellas- los votos de Pino Solanas sencillamente no estaban. ¿Y cómo se puede votar a un candidato a presidente si sus boletas no están?... El ministro del Interior salió al cruce de las primeras denuncias diciendo que la provisión de votos a las distintas circunscripciones electorales "es responsabilidad de los partidos". Pero no alcanza. Sin ánimo de magnificar la cuestión ni culpar directamente al gobierno, debe asumirse que un sistema electoral perfectamente ordenado debería garantizar la presencia de boletas de TODOS los partidos legalmente autorizados.

Más allá de esta circunstancia, que de no haber sucedido tampoco hubiera modificado esencialmente las ubicaciones finales, deben valorarse en cambio el signo alentador que esta elección arroja. Si un candidato nacionalista y revolucionario, prácticamente sin recursos propios ni ajenos, logra superar a un personaje que declara disponer de unos cinco millones de pesos como patrimonio personal, quiere decir que algo ha cambiado en la mentalidad de importantes sectores sociales de la Argentina.

Debe recordarse también que López Murphy había obtenido en las elecciones presidenciales de 2003 la friolera de 3.144.532 votos -apenas un millón menos que el posteriormente electo, Néstor Kirchner. Si se los compara con los apenas 263.407 que obtuvo ahora, debe aceptarse que el peligroso troglodita neoliberal resulta el principal derrotado de la presente elección.

Lo cual es un dato no pequeño, ya que en el contexto social amasado por la férrea combinación del terrorismo de estado con el control mediático neoliberal en la Argentina de los últimos 30 años, parecía probable una consolidación de personajes como este, instalados traumáticamente en el inconsciente colectivo de las clases medias como "el camino necesario".

Cierto es que la mayor parte del campo político popular coincidía en que lo más adecuado en tal contexto era votar al proyecto del matrimonio Kirchner -tal como ocurrió. Y que la aventura de Solanas, si bien estimulante y simpática, resultaba algo inquietante, pues expresaba una vez más esa eterna incapacidad de los sectores populares argentinos para articular una alternativa de consenso hacia dentro, en vez de seguir negociando amigablemente sólo con el enemigo.

Tres días antes de las elecciones un grupo de estudios coordinado por Facundo Cano y Carlos Testado, distribuyó por correo-e un análisis de situación con el cual coincido plenamente. A continuación lo reproduciré íntegro pues no lo he visto publicado en otros medios que no sean nuestra agencia de noticias, @DIN:

Para comprender por qué es necesario votar a Cristina Fernández como continuidad del cambio iniciado por Néstor Kirchner hace cuatro años, lo mejor no es pasar lista de los logros de esta gestión. Lo imprescindible es considerar de dónde veníamos los argentinos y en consecuencia calcular cuán enormes han de haber sido las presiones que debió soportar el Presidente en su período de gobierno para que dejara todo como estaba. Sin duda los logros mencionados también son importantes: disminución de los índices de pobreza y desempleo, aumentos continuos de salarios y jubilaciones mínimas, profundización del camino de la unidad de la Nación latinoamericana, claro sostén al perfil industrial, retenciones al agro, etc. Pero hay que pensar que como contrapartida el Gobierno frenó, día por día, las presiones de entidades y sectores que a los demás presidentes que hemos tenido en los anteriores veintisiete años les inspiraban un santo terror. ¿Cuántas amenazas enfrentó Néstor Kirchner para que aumentara las tarifas de los servicios públicos? ¿Cuántas para que se realineara con Estados Unidos? ¿Cuántas para que suscribiera un acuerdo con el FMI con monitoreo incluido? ¿Cuántas soportó desde el inicio de su gestión para que eliminara la doble indemnización, cosa que ha hecho, sólo al fin de su mandato, una vez que se aseguró la firmeza del descenso del índice de desempleo? Y algo más hay que agregar: en los primeros años de su presidencia, Néstor Kirchner no pudo apoyarse en la población para repeler a los vampiros de la Argentina. La conciencia del pueblo aún estaba inmersa en la intoxicación de los dogmas neoliberales, el discurso único que le habían suministrado los medios. Kirchner y su equipo libraron la batalla contra los buitres del campo y las finanzas en absoluta soledad.

Es preciso recordar cómo era el consenso social en esos veintisiete años. Pedir un aumento de salarios era una locura: no solamente porque se corría con el riesgo del despido, sino porque al interior del propio asalariado se había formado una conciencia de culpa: era patear el tablero y disparar la inflación. Nadie pensaba en convenios colectivos de trabajo, y menos que menos en paritarias. El país tenía un solo destino posible: acomodarse a los requerimientos de las potencias de Occidente, y esperar sumiso sus indicaciones. Sonaban absurdos por entonces puntos de estricta lógica, que gracias a Néstor Kirchner hoy hemos recuperado. No existió nunca en la historia de la Humanidad una sola potencia "de servicios" ni menos que menos "alimentaria". Sin embargo, se nos decía que debíamos abandonar toda pretensión de convertirnos en un país industrial. Nuestro futuro, decían, era parecernos a Irlanda, la India, Nueva Zelanda (con sus respectivos "regímenes modelo" de legislación laboral, el sueño de todo empresario) o el remanido modelo chileno, representante en la región de la "economía seria". Un país de servicios, servicial hasta la obsecuencia respecto a las potencias dominantes. El problema era que estos países necesitaban bien poco de nosotros: alcanzaba con diez millones de habitantes para satisfacerlo. ¿El resto? Sufrir y morir en silencio y sin protestar.

Era el consenso de los locos: si las grandes potencias eran de tipo industrial, nosotros para sobrevivir no debíamos ser industriales. Si las grandes potencias practicaban el proteccionismo, nosotros debíamos practicar la apertura como camino al progreso. Si las grandes potencias se apoyaban en el mercado interno, nosotros para imitarlas debíamos orientarnos hacia la exportación. Estas sinrazones calaron hondamente en la conciencia popular y se convirtieron en convicciones que a la larga habrían de determinar, incluso, las campañas electorales. En 1999, Ricardo López Murphy ofrecía en nombre de la Alianza, como propuesta de campaña, bajar los salarios un 10 %. Esto no le restó votos a dicha agrupación, sino que se los sumó. En el marco del "consenso de los locos", para la población una propuesta de ese tipo era sumamente atractiva.

Aún no hemos tomado conciencia acerca de cómo era la mecánica de los locos de la cual nos sacó Néstor Kirchner. Las misiones del Fondo Monetario Internacional eran esperadas con espanto y los medios alistaban legiones de periodistas obsecuentes: éstos perseguían a los delegados del organismo pidiéndoles nuevas exigencias para nuestra economía. David Mulford, aquel funcionario de jopo hollywoodense y bigotito de villano cinematográfico, declaraba que Argentina debía "ponerse bonita como una novia" si pretendía que el FMI le renovara cierto vencimiento. Años más tarde, su amigo Domingo Cavallo le generaría una comisión de 140 millones de dólares con el megacanje, y Mulford habría de bajar sus expectativas. Media docena de economistas, adorados por los medios, prostituían su ciencia y su ciudadanía argentina postulando medidas tan sangrientas para la sociedad que hasta sus familiares los han de haber mirado con asombro. El establishment les pagaba verdaderas fortunas para que declarasen lo que los mismos banqueros y empresarios no se animaban a decir. Tras la primera etapa de la destrucción llevada a cabo por Carlos Menem, Roberto Alemann anunciaba que ahora había que terminar con la indemnización por despido. Los sucesivos coloquios de IDEA toman la idea (es un decir: en realidad sus integrantes la habían generado) y machacan con ella durante años. Ricardo López Murphy insiste en perfeccionar el legado menemista: tras el cumplimiento de aquella profecía de rebaja salarial, en su breve paso por el Ministerio de Economía propone privatizar la Lotería y la Casa de la Moneda, reducir al mínimo el presupuesto educativo y despedir, de inmediato, a 40.000 empleados públicos. La Asociación de Bancos Argentinos le declara su caluroso apoyo. Dos años después, en el marco de la campaña presidencial del 2003, López Murphy declara un patrimonio de cuatro millones y medio de pesos. ¿Cómo un simple economista reunió semejante fortuna? "Honorarios de conferencias y algunas asesorías", enuncia con brevedad.

Con el crac del modelo neoliberal, las propuestas antinacionales, paradójicamente, no se esconden sino que elevan su carácter entreguista hasta el paroxismo. El consenso de los locos, firmemente arraigado en la ciudadanía, se mantuvo a lo largo del año 2002, e hizo que se consideraran sin asombro propuestas como la del economista Julio Piekarz: estimular a los argentinos a depositar sus fondos en la banca offshore. Una consultora lanza en la Patagonia una extraña encuesta para un misterioso contratista: ¿aprobaría usted que se entregaran secciones del territorio patagónico a los países acreedores en parte de pago de nuestras deudas? Si bien el resultado de la compulsa fue finalmente negativo, hubo un porcentaje minoritario de aprobación escandalosamente alto. Una empresaria farmacéutica, Ana María Molinari, lanza un nuevo partido político, y convoca a posibles militantes mediante avisos clasificados de empleo. ¿Su principal propuesta social? Eliminar el salario mínimo, e inducir a los desocupados a que trabajen a cambio de la comida, a fin de que el país recupere su atractivo para los "dadores de trabajo" (sic). Filas de ciudadanos se forman ante su mansión de la calle Aráoz ante tan nutritiva propuesta. Los economistas Rudiger Dornbusch y Ricardo Caballero proponen que la Argentina no tenga más soberanía monetaria ni fiscal: la gestión económica de nuestro país debería ser comandada por un pool de bancos centrales del exterior.

El principal mérito de Néstor Kirchner, entonces, es haber logrado que los argentinos recuperaran la lógica normal en toda nación que se precie, y que es la que tuvimos hasta 1976. Las negociaciones salariales anuales o semestrales son algo común y nadie se puede sentir culpable por promoverlas; cuando alzan su voz los funcionarios del FMI, pidiendo, por ejemplo, que bajemos el poder adquisitivo de la población (o sea, que aumentemos el nivel de pobreza) para que se "enfríe el consumo", el argentino de hoy se ríe, menea la cabeza y confirma mentalmente que son malvados, pero malvados de historieta barata. Nadie los toma en serio. Si uno de los hermanos Alemann hoy propusiera eliminar la indemnización por despido, se le recomendaría una visita a su neurólogo de confianza. Todo esto es gracias a Kirchner.

Sin embargo nada está asegurado aún. En el último año se ha registrado, por parte de una porción no menor de la ciudadanía, un retorno a aquellas convicciones que le fueron martilladas durante veinticinco años. Milagro hubiera sido si tanta insistencia por parte de los medios no hubiera dejado huella. Esto no solamente se deja traslucir con el voto a Mauricio Macri, sino con el giro hacia la ultraderecha más pura por parte de Elisa Carrió, y por la selección, por parte del propio Néstor Kirchner, de un símbolo del consenso menemista como Daniel Scioli para representarlo en la provincia de Buenos Aires (candidatura que recomendamos fuertemente NO VOTAR, junto al resto de los postulantes a gobernador salidos de la usina de la derecha). Es claro que Carrió y Kirchner, en esta ocasión, corren detrás del giro ideológico de cierta capa de la ciudadanía que, recuperado su poder adquisitivo, tiene el reflejo de quien empuja con la punta del zapato a los que desean subir al bote en el cual él ha logrado reembarcarse. Sector que, fascinado por los Patti o los Blumberg, tal vez al ver a un Scioli en el cuarto oscuro lo considere como alternativa.

De manera que el consenso social respecto al fin del neoliberalismo no está ni con mucho consolidado. Por eso hay que votar a Cristina Fernández. El pasado está aún demasiado cerca, y los exégetas del "ejemplo chileno" siguen reinando en los principales medios de difusión. Proponen que, así como Chile halló en el cementerio de su sueño industrial los nichos que le permitieron ser bien visto por Estados Unidos (exportación de pasas de uva, ciertas variedades de vino tinto, etc.) nosotros hagamos lo mismo, pero que con esos mínimos nichos demos bienestar a cuarenta millones de habitantes. A esos apóstoles hay que responderles con una única pregunta: ¿Qué hay más: argentinos viviendo en Chile o chilenos viviendo en Argentina? Cualquier habitante de una ciudad de la Patagonia conoce la respuesta correcta. En efecto, sólo en los cementerios hay nichos, y los "nichos de mercado" no son la excepción.

Ahora bien: ¿sólo hubo méritos en el gobierno de Néstor Kirchner? No. En ciertas áreas específicas se mantuvo la política neoliberal que nos viene signando desde el Proceso. Un caso claro es el área minera, y otro es el sistema de subsidios a las compañías privatizadas de transporte. Por otra parte, si bien se han aplicado algunas pocas reestatizaciones, éstas no conforman ni con mucho una tendencia. Fuertes voces se han levantado desde el campo nacional para denunciar esta situación. Una de ellas es la de Fernando "Pino" Solanas, una garantía de honestidad y patriotismo.

Un Fernando Solanas senador estimularía la profundización de los cambios. En la actual Cámara de Senadores hay muchos kirchneristas. La mayoría son ex menemistas absolutamente desconectados del interés nacional, permeables a las presiones del empresariado (y tal vez del PEN) para, por ejemplo, tener cajoneadas indefinidamente las reformas laborales de Héctor Recalde. Si Solanas fuera senador, no aceptaría presiones ni del establishment ni de la propia Casa Rosada para postergar ciertas medidas, y seguramente pelearía con todas sus fuerzas para aprobar las leyes positivas para el país que enviare el Poder Ejecutivo y para rechazar las otras, que también las habrá.

Conste asimismo que no proponemos votar el resto de la boleta de Solanas, y para Diputados consideramos necesario que el elector descarte a todo postulante que simpatice con el autonomismo porteño, y en particular a los que firmaron la infame Agenda de Consenso por la Autonomía Porteña, que pretende convertir a nuestra Capital Federal en el Estado separado que ya tuvo ocasión de ser en el siglo XIX, con puerto y fuerza armada propios. Los amigos del separatismo y de las autonomías regionales no son nuestros amigos, en ningún lugar de la República ni de la Patria grande.

En síntesis: ¿por qué conformarnos con lo bueno, existiendo la posibilidad real de optar por lo mejor? Continuemos con el cambio de paradigma, votando a Cristina Fernández para consolidar el nuevo consenso industrialista y despejar amenazas; y aportémosle un patriota de primera línea que honre al Senado y vigile el sentido nacional de los cambios por venir. (Fin del Documento)

No sabemos los causas que llevaron a Pino Solanas a ir por fuera del aparato electoral kirchnerista. Posiblemente no encontró en este el espacio que necesitaba para su feraz capacidad política y reconocido fervor patriótico.

Por otra parte, percibimos en la nueva presidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner, sensibilidad intelectual y capacidad suficiente para comprender con claridad el panorama político de este país. Sería deseable que tomara en cuenta a personas tan valiosas como Solanas para integrarlos a una nueva etapa. Donde todas las fuerzas políticas populares puedan conformar un amplio frente nacional, que consolide los logros indudables -aunque aún dramáticamente insuficientes- de la exitosa gestión gubernamental de Néstor Kirchner.

martes, octubre 09, 2007

Mi primera nieta



El día en que nació su madre, Anahí, fue como si yo mismo hubiese nacido. Eran tiempos de muerte, dolor y guerra en la Argentina. Aquél 19 de agosto de 1975 fue un día de sol, con frío en San Francisco de Córdoba. Para sostener a mi familia yo trabajaba como albañil entonces. La represión policial, militar y parapolicial se llevaba 10 o 20 compañeros por semana en aquellos tiempos. La mayor parte de ellos aparecían muertos, con 30 0 40 disparos en el cuerpo y señales de tortura luego.
Mi hija fue para mí un signo de renacimiento.
Ahora, 32 años después, lo es mi primera nietita: ¡Victoria!


Otro video de la Irungui