viernes, diciembre 21, 2007

El simbolismo de la Navidad

Aunque Cristo nazca en Belén mil veces, de nada servirá, si dentro de ti no nace
Angelus Silesius (Monje católico alemán, 25/12/1624 - 9/7/1677)


Al tiempo de nacer Jesús, Herodes, tetrarca de Galilea y Samaría, rey de Judea, era uno de los hombres más ricos del mundo. No sólo poseía fastuosas viviendas –su palacio de verano era considerado parte de las maravillas de entonces– sino había restaurado, ampliado y perfeccionado el Templo de Israel. Construido originalmente por Salomón, el lugar sagrado fue pulverizado por Nabucodonosor II, en 587 antes de Cristo. Reconstruido trabajosamente, a lo largo de siglos, Herodes lo llevaría en tiempo record a su máximo esplendor.
A diferencia de lo que hemos absorbido los occidentales cristianos por nuestra educación, Herodes no era al parecer alguien odiado por su pueblo, sino todo lo contrario. A tal punto que fue llamado “el Grande”. Pese a sus crímenes –algo habitual en los reyes, que acostumbraban reorganizar sus equipos de gobierno matando a los adversarios–, su gobierno había sido provechoso para el pueblo de Israel.
Existen datos también acerca de que Herodes el Grande era considerado un potencial Mesías, por un importante sector religioso. Y posiblemente él mismo se consideraba así.
Una profecía bíblica, muy tenida en cuenta entonces, decía que “No se alejará de Judá el cetro, ni de entre sus pies el báculo, hasta que venga aquél cuyo es el mando, el Mesías, a quien deben obediencia los pueblos” (Génesis, 49:10). Pues bien, al llegar Herodes al poder, “el cetro se había alejado” de Judá, dado que este rey no era judío, sino Idumeo. Con mucha sensatez su reino podía ser, entonces, considerado como el posible cumplimiento de las Escrituras.
Así lo entendió Menahem, un santo profeta, quien cuando Herodes era un joven que seguramente no esperaba ser rey, le profetizó tal destino. En cierta ocasión, cuando Herodes iba camino a la escuela, se detuvo ante él, lo observó con atención y le dijo: “salve, Rey de los Judíos”.
Herodes, pensando tal vez que le tomaban el pelo, aclaró con fastidio que él no tenía nada de rey. Pero el otro, hombre maduro ya, le profetizó abiertamente:
“Reinarás y lo harás felizmente, porque Dios te ha considerado digno de ello”. Menahem era uno de los principales esenios, la orden monástica más estricta de entonces. [1]
De acuerdo con esos datos, un contemporáneo de Jesucristo podría haber conjeturado, con toda sensatez, que el Mesías, si no era Herodes, podría nacer en esa familia. Porque además, un Mesías, un Rey, debía nacer al menos en un palacio, aunque no fuesen los tan suntuosos de Herodes. Esto parece lógico no sólo para entonces, sino también hoy.
Pero Jesús el Mesías no nació en ningún gran palacio, sino en un sencillo establo, entre los animales.
La historia de Jesús es suficientemente conocida. Además queremos detenernos aquí con nuestros sencillos aportes históricos, pues no es a la existencia material de Jesucristo que vamos a referirnos, sino a sus símbolos. Dando por sentado que Jesucristo es Dios Encarnado, consideramos que este aspecto de su existencia terrenal tiene muchísima mayor importancia que determinar el color de sus cabellos o cuál era el número de sus sandalias.


Un rey modesto

Primer símbolo: Jesús nace en un ámbito modesto. No misérrimo, ni siquiera pobre: modesto, que es otra cosa. Posiblemente como si hoy un carpintero de Fernández –llamémosle Víctor–, debiera trasladarse momentáneamente a su ciudad natal, Selva, por efectuarse un censo. Víctor toma su camioneta, la carga con enseres básicos, y parte con su familia. No encuentra alojamiento allá –la casa de sus padres ha sido vendida–, entonces alquilan un espacio del galpón donde se guardan los vehículos de la única hostería.
No es una situación de carencia extrema la que evidencia el caso, sino simplemente la resolución práctica de una situación concreta: no había alojamiento en la ciudad.
Ciertamente esa situación no podría haber sido vivida por un miembro de la familia de Herodes, ni por ninguna otra familia rica de entonces (ni de hoy). Si Mauricio Macri, por ejemplo, debe venir a cualquier localidad del interior, indefectiblemente contará con un espacio muy confortable, reservado por alguna secretaria con anticipación.
¿Por qué Dios, debiendo ingresar por un periodo a la Tierra, eligió tal método y circunstancia?
Nuestra humilde deducción es que de ese modo estaba señalando el ámbito y el modo de vivir adecuados para los humanos en este mundo.
Si consideramos que en la vida de Jesús, más que transmitir conceptos filosóficos Él procuró continuamente dar ejemplos, ser modelo vivo para toda la humanidad, no podemos creer que esta manera de nacer sea casual.
Naciendo en un espacio modesto, nos estaba diciendo: “la existencia óptima para la especie humana es la que he elegido: un ámbito sencillo, natural, rodeado de otras personas que, como nuestra familia, se sustentan por el trabajo de sus manos”.

La dignidad del trabajo

Hemos recalcado que Jesús no vino en el seno de una familia mísera, y volvemos a hacerlo pues lo estimamos de gran importancia. ¿Qué clase de familia era la de Jesús? La de los que trabajan.
Es decir, aquellos que obtienen todo lo que poseen como resultado de ofrecer a cambio productos útiles para la sociedad, fabricados por sus manos.
Esta es la clase de ser más digno que existe, desde el origen de la humanidad. Mientras se constituían las primeras bandas de holgazanes y criminales, sometiendo a otros para obligarlos a darles de comer gratis, los hombres y mujeres que cada noche discurrían cómo mejorar sus actividades productivas al día siguiente, fueron y son la verdadera nobleza de la Tierra. Los supuestos “nobles” de la espada, en cambio, cuyos títulos de “duque” o “conde” se precipitaron a comprar algunos millonarios, son ilegítimos. Sus prosapias tienen raíz y sustento en el crimen, el robo, la explotación de los otros y con frecuencia también en un mayor o menor grado de perversión. Cuando nació Jesús, ya era así.

Los animales

Si algún lector ha llegado hasta aquí, significa posiblemente que está dispuesto al menos a considerar nuestras modestas reflexiones. En tal cordialidad nos basaremos para aventurar una hipótesis, sobre el significado de los animales y el pasto en el pesebre donde nació Jesús.
Creemos que Jesús quiso decir: “Estos son también mis hermanos: el burro, la yegua, el buey, los camellos...” Y aún más: “las hierbas del campo, la tierra, los árboles... también forman parte de Mí, de Mi Vida...”
Ello figura entonces que deberíamos respetar a los animales, las plantas y nuestro suelo igual que a los humanos (en nuestra nomenclatura “amar” supone en primer término respetar).

La Cruz

Se nos ha enseñado que la vida de Jesús no tiene sentido sin el proceso final que lleva a su Resurrección. Una deformación algo morbosa y materialista puso el acento durante siglos en el martirio de la cruz. En realidad el suceso más importante y de verdadera trascendencia en este episodio es la Resurrección. Es decir, que Jesús era inmortal (¡al igual que todos nosotros!). La Cruz no es más que un momento breve, durísimo, brutal, pero que ocupa sólo algunas horas, cuyo propósito parece haber sido completar el ciclo simbólico de las enseñanzas de Dios en su encarnación.
Cobra sentido claro aquí el párrafo de sus predicaciones que advertía: “no temáis a los que matan el cuerpo, sino a aquello que puede matar el alma”.
En tal código el cuerpo constituye un vehículo, algo temporario; podemos sufrir muchísimo en él, pero estas tribulaciones pasarán. En cambio, las cosas que matan el alma, podrían precipitarnos a la muerte eterna. Es decir, a No resucitar, luego de que nuestro cuerpo haya detenido su funcionamiento.
¿Y cuáles son esas amenazas tan temibles para la vida humana? A lo largo de cualquier Evangelio –sea “canónico” o “apócrifo”, sin distinción– puede hallárselas:
“No se puede servir, al mismo tiempo, a dos Señores (a Dios y al Dinero)”, citamos casi al azar. “Es muy difícil que un rico entre al Reino de los Cielos”.
Si alguien te pide algo... no se lo niegues.
No existe nuestra familia: todos los humanos somos una sola familia...
A lo largo de la existencia de Jesús se repiten una y otra vez estos temas.
Sintentizando, pues, de acuerdo con tales criterios, los “enemigos del alma” serían:
–Las riquezas.
–El egoísmo.
–El odio.
–La mezquindad.
Más o menos en ese orden.

“Pobres de espíritu”

Casi todos los humanos soñamos alguna vez en la vida con ser ricos. Muchos lo desechamos, en una u otra etapa existencial, como a una aspiración adolescente. Otros –posiblemente la mayoría– mueren desconsolados si no han conseguido al menos acercarse a dicha condición.
Si uno lee atentamente los Evangelios, no es posible encontrar en ninguno de sus pasajes una sola palabra que justifique la riqueza terrenal.
Dudosas traducciones del Sermón de la Montaña han logrado introducir una débil esperanza para los adinerados y poderosos: aquella que dice (más o menos) “benditos los pobres de espíritu...” (o “pobres en espíritu según versiones modernas).
Pero categóricamente se puede afirmar la constante indicación de Jesús y sus discípulos sobre los peligros de la riqueza y las ventajas, en cambio, de una vida modesta y frugal.

La Navidad

El día en que hoy se conmemora el Nacimiento de Jesucristo es el mismo que antes del catolicismo servía para adorar al Sol Invictus. Había sido fijado por el emperador Aureliano, durante el año 274. No se trataba de que el emperador fuese muy devoto, sino simplemente de una medida política, en reconocimiento a la religión mayoritaria de entonces, el mitraísmo, que adoraba al Sol. [2]
El emperador Constantino, posiblemente por la misma razón, establece, de común acuerdo con el papa Silvestre, este mismo día como el del Nacimiento del Salvador. Debemos mencionar también que este emperador construyó el primer templo monumental que tuvo la Iglesia Romana: la Basílica de San Pedro. Sobre la Colina Vaticana y la tumba del apóstol, se levantaron en el año 325 las majestuosas cinco naves que contienen su aún admirado esplendor. [3]
Los cálculos de historiadores menos interesados en la política o el devenir terrenal, sugieren que Jesús de Nazareth debió haber nacido, realmente, hacia el mes de septiembre del año -2. Rescatamos, sin embargo, la voluntad de quienes decidieron fijar la noche del 24 al 25 de diciembre como la de Navidad. Esto debido a la imposibilidad de establecer, con pruebas documentales precisas, una fecha exacta. [4]
Creemos que tal medida se basó igualmente en una comprensión de los primeros padres de que la vida de Jesús, más que una gesta histórica, constituía una inmensa dramatización simbólica. Donde los actos no contenían un sentido racional, como aquellos protagonizados por militares o políticos, sino escatológico.
Concluimos entonces que el Nacimiento de Jesús, en un hogar de trabajadores y rodeado de ellos, junto a los animales y las plantas, prácticamente al aire libre, representa cuál es la existencia ideal a que deberíamos aspirar los humanos.
Una vida en contacto y armonía con la naturaleza, obteniendo de ella, en modo sensato, los recursos para subsistir.
Algo que se nos presenta como bastante alejado de la afiebrada carrera, por la posesión de objetos, en que nos hemos precipitado los humanos, con gran aceleración durante los últimos tres siglos de esta era, llamada, poco consistentemente, “cristiana”.

Julio Carreras (h)




Notas

[1] César Vidal Manzanares. Los Esenios y los rollos del Mar Muerto. Manzanares cita a su vez la Historia de los Judíos, de Flavio Josefo. Editorial Martínez Roca, España, 1993.
[2] El Festival del Nacimiento del Sol Invicto (Dies Natalis Solis Invicti) se celebraba cuando la luz del día era más intensa después del solsticio de invierno, en alusión al “renacimiento” del astro. Este Festival corría desde el 22 al 25 de diciembre.
La primera mención del 25 de Diciembre como Nacimiento de Cristo que se registra es la del Calendario de Filócalo (354 d. C.). Fue oficialmente proclamado por la iglesia en el año 440 DC. (Mircea Eliade, Josef Gelmi y otras fuentes.)
[3] El edificio actual se reconstruyó sobre el casi ruinoso templo de Constantino a partir de 1506, durante el pontificado de Julio II. Estuvo terminado y fue consagrado en 1626, durante el pontificado de Urbano VIII. (En la fachada se puede ver, en letras enormes, el nombre de Paulo V, el Papa bajo cuyo pontificado se terminó la basílica; este Papa perteneció a la poderosa familia Borghese). Numerosos arquitectos y artistas célebres participaron de esta obra: Bramante, Rafael, Sangallo, Miguel Ángel y Maderno. Gian Lorenzo Bernini proyectó la plaza y su columnata.
[4] Lucas, en 1:36 consigna que Juan el bautista era 6 meses mayor que Jesucristo (Lucas 1:26,27). Al comparar fechas en sintonía con las tradiciones israelitas, se ha conjeturado la de su posible nacimiento. Tomando como referencia a Lucas 1:5, Zacarías, padre de Juan, oficiaba en la orden de Abdías (1 Crónicas, 24:10); ésta era la octava orden (en esos tiempos había 24 órdenes sacerdotales para atender al Templo; estas se hacían cargo de la tarea durante una semana). Los turnos para las órdenes se empezaban a contar a partir del 21 de Nisan (marzo). De acuerdo con el calendario hebreo, este es el primer mes (Éxodo 12:2, 18,19), periodo en que se celebraba la fiesta de los ásimos. Contando a partir de esta fecha, la gestión de la octava orden debió concretarse a principios de junio. Sería entonces cuando un ángel le avisa a Elizabeth que tendría un hijo. Si a tal mes le agregamos los 9 meses de embarazo de Elizabeth, esto nos llevará a marzo, fecha en la que debió nacer Juan el bautista. Según las referencias del mismo Lucas (1:26-31) a los seis meses debe nacer Jesús. Esto nos llevaría a considerar el mes de Tishrei (septiembre) como el más correcto.

Artículo escrito para la revista El Punto y la Coma, editada por la Sociedad Argentina de Docentes Privados.

Nuestra familia

“Leí el artículo de Carreras y lo disfruté mucho, aunque no estoy de acuerdo con todo lo que dice. Incluso estoy en desacuerdo totalmente con la idea de Carreras de que todos somos «una sola familia» y que nuestra propia familia no existe: pensar eso es ingenuo y peligroso; la familia nuclear es suprema y la Iglesia moderna ha perdido de vista eso, con toda su tontería ecumenista y su cooperación con «los muchachos que gobiernan el mundo» es decir, los ricos y poderosos...”

Timothy Cullen

21 de diciembre de 2007

(Traducción del inglés: Amalia Domínguez)

El párrafo citado en el epígrafe pertenece a un escritor católico irlandés. Una amiga común le había enviado un artículo – “El simbolismo de la Navidad”-, publicado por El Punto y la Coma. Y él contestó enseguida por medio del correo electrónico.

En verdad para mí también ha sido siempre una piedra compleja de discernir la de los pasajes bíblicos donde Jesús ubica en aparente contradicción los afectos familiares con el camino hacia Dios.

Especialmente estos:

“El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí”, dice Jesús según el primer Evangelio (Mateo, 10:37).

“...Alguien le dijo: « ¡Oye! ahí fuera están tu madre y tus hermanos que desean hablarte.» Pero él respondió al que se lo decía: « ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?» Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.» (Mateo, 12, 47-50)”. *

A los efectos de esta breve respuesta me parecen suficientes y claras sólo estas dos citas.

Por mi parte, luego de varios años de discernimiento, había llegado a la conclusión de que el amor al prójimo no tenía por qué excluir al sustentado hacia la propia familia. Como el amor a los demás no excluye al amor a sí mismo, sino por el contrario. Erich Fromm en su famoso tratado El arte de amar, afirmaba incluso que quien no es capaz de amarse a sí mismo, no es capaz de amar a otro.

Claro que si consideramos que “amarnos” es considerar a los demás al servicio nuestro, nos equivocaremos mucho. En Fromm este concepto parece significar que debemos amarnos de un modo sensato, sustentando un equilibrado aprecio hacia nosotros mismos, sin por ello caer ni en el egoísmo irracional ni en el narcisismo.

Parecido criterio es el que debemos proyectar sobre nuestra familia: “amar al prójimo”, significa, según nuestro modesto discernimiento, amar a nuestros padres, nuestra esposa, nuestros hijos, pues son los que más cerca tenemos para practicar este mandamiento (prójimo=próximo). Pero ello no significa conformar con ellos un clan de depredadores, que acecha a la comunidad donde vive como a un coto de caza, donde le está permitida cualquier trampa (o violencia, si puede ejercerla) para arrebatar sus bienes a los demás, mientras eso contribuya a fortalecer el patrimonio de su familia.

Creo que no hace falta profundizar demasiado en esto, pues cualquier humano, sin haber leído ni una palabra de los Evangelios, comprenderá perfectamente su sentido.

Según Jesús debería ocurrir lo contrario: si amamos a todos, como si fuesen nuestra familia, evitaríamos hacerles daño, so pena de cargar graves sentimientos de culpa posteriormente. Y si amamos a los animales, los árboles, la tierra, como si también formasen parte de nuestra familia, la humanidad evitaría propinar los daños gravísimos que han llevado al mundo hasta una situación crítica. [1]

Pero esta mañana, luego de tomar mate amargo como hago habitualmente, recibí una pequeña sorpresa que vino a ampliar mis limitados conocimientos sobre este tema. Ocurrió debido al hábito de casi toda mi vida, que es mirar La Biblia, cada día, antes que ningún otro texto (siendo escritor, se comprenderá que mi principal actividad fue siempre o leer o escribir). Hacia los 80 amplié estas lecturas a los Evangelios no canónicos, muchos de los cuales había ido adquiriendo.

Al abrir al azar un Evangelio, pues (el de Valentino), lo primero en hallar mi vista fue lo siguiente:

“...Salomé se levantó y dijo (a Jesús): Señor, tú nos has dicho: Quien no deje a su padre y a su madre para seguirme no es digno de mí.

“...Mas, Señor, está escrito en la Ley de Moisés que el que abandone a sus padres debe morir. ¿Es, pues, contrario a la Ley lo que tú nos enseñas?

“...María Magdalena, inspirada por la fuerza de la luz que había en ella, dijo al Salvador: Señor, permíteme que hable a mi hermana Salomé para explicarle tus palabras...

“...Y cuando el Salvador [se lo permitió] María fue hacia Salomé y le dijo:

“Hermana Salomé, tú has citado la Ley de Moisés, que dice que debe morir quien abandona a sus padres.

“Mas la Ley se refiere a los cuerpos y no al alma.

“...Y ocurrió que cuando el Salvador oyó las palabras de María, la felicitó grandemente” (Valentino, XLVIII, 4-18). **

Desde una perspectiva espiritual (y para un religioso, lo espiritual es sinónimo de esencial), esta me parece una explicación perfecta. Jesús no quería indicar el abandono de la familia “en cuerpo” (penalizado por la Ley de Moisés). Sino se refería a la actitud del alma, de acuerdo con la cual todo lo que existe, el aire, la naturaleza y el Universo, está ligado a nosotros. Por un lazo imperceptible para los sentidos, pero no por ello menos fuerte. Y si hacemos algún daño, a cualquiera de estos elementos... “a nosotros mismos nos lo haremos”.

Julio Carreras (h)

22 de diciembre de 2007

[1] La condiciones sociales imperantes bajo nuestra civilización, impiden por cierto ejercer esta cultura del amor. Más bien nos obligan a concentrar los afanes en el pequeño núcleo familiar, para preservarlo en lo posible del altamente hostil entorno que nos rodea. Esto no debe obscurecer, sin embargo, la comprensión de que lo predicado por Jesús y sus apóstoles es correcto y un objetivo central a perseguir.

* La Santa Biblia (Versión Biblia de Jerusalén, 1976).

** Evangelios apócrifos. Tomo II. Traducción de Edmundo González Blanco. Editados por Jorge Luis Borges. Hyspamérica Ediciones, Madrid, Buenos Aires, 1985.