jueves, agosto 27, 2009

456 años de corrupción


Por: Julio Carreras (h)
4 de agosto de 2009

Santiago del Estero existe por causa de un error. Los europeos creían que en este lugar iban a encontrar mucho oro.
La leyenda sirvió, además, para alejar del Potosí a los peores aventureros.
Tanto Juan Núñez del Prado como Francisco de Aguirre eran individuos inescrupulosos y despiadados. El segundo fue más expeditivo: sencillamente hizo desaparecer a Núñez, cuando venía con los papeles necesarios para destituirlo.
En lo que hoy llamamos Santiago, los europeos no encontraron oro. Ni siquiera plata o, aunque más no fuera, estaño. Solamente selvas, mesetas, serranías. Y personas.
Consideraron que obtener alguna ganancia de tales tierras era demasiado trabajoso. Así que esclavizaron para ello a quienes, hasta su llegada, habían sido habitantes libres, pacíficos, y por lo que se sabe, felices.

El virus de la corrupción

La conquista de estas tierras se inició bajo uno de los períodos de mayor corrupción institucional en Europa. Y entre los países europeos España era posiblemente el más corrupto.
El papa que autorizó las expediciones fue Alejandro VI: Rodrigo de Borgia. Un millonario degenerado, que entre otras perversidades, para asegurar la sucesión a su familia designó obispo de Valencia y cardenal a su hijo, de 17 años: César Borgia.
De una vez por todas tenemos que enfrentar la verdad: quienes vinieron aquí no eran "civilizadores" ni "mensajeros de Dios". Sino criminales, ambiciosos sin medida y desesperados. Tampoco vinieron "nobles". Sino desahuciados o aventureros. Aunque los "nobles" de España -sus modelos- por otra parte eran de lo más corrupto y decadente que se podía encontrar en Europa.

Una sociedad por descarte

Con tales gobernantes, naturalmente, la "nueva sociedad" santiagueña, debió ser una niña torpe y contrahecha. Se fue constituyendo sobre cimientos de falsificación, violencia e inmoralidad.
Creció bajo un estigma peor: el desprecio. Los europeos desestimaron esta región. Decepcionados, por no haber visto cumplidos sus locos sueños de riqueza, apenas podían huían. Ya en 1679 un obispo se refiere a nuestra "noble y leal ciudad" en los siguientes términos:
"Santiago sólo el nombre tiene de ciudad, es toda ella un bosque inmundo falto de todo lo necesario para el sustento, la iglesia muy mal servida e indecentísimamente". (Obispo Ulloa, Archivo de Indias, 74-6-46.)
Tal desprecio se infundió en sus descendientes, quienes se consideraron infortunados, al no poder irse de este "infierno caluroso y salvaje". Los que lograban acumular algo de fortuna, pues, huían. Aunque más no fuese a otras provincias, más prósperas, como Tucumán o Córdoba. De tal manera, nuestros gobiernos y nuestra sociedad iban construyéndose con los fracasados.

La adecuación del esperpento

Un heredero de esa tradición insana trazó en 1820 lo que iba a ser el cuño definitivo y deforme de nuestra cultura política. Juan Felipe Ibarra impuso su dictadura, por treintaiún años, a los desharrapados habitantes de esta comunidad.
Lo sucedieron sus parientes, de apellido Taboada. Demostraron ser aún más tortuosos, inmorales y asesinos que el tío.
Desde aquel reinicio fallido de nuestra "Autonomía", el poder político jamás salió de los ámbitos controlados por las mismas clases parasitarias.
Aún los gobiernos "populares" -como los sustentados por el radicalismo a principios del siglo XX o el peronismo a mediados de él-, fueron hegemonizados siempre por "los doctores".

Una clase extraviada

La corrupción se sustenta en concepciones distorsionadas de la realidad. Estas anidan bajo una fuerte convicción de constituir una "clase especial" de personas. En el núcleo de esas ideas, está la noción de poseer numerosos derechos, pero no obligaciones.
La primera obligación de la que se considera excluida nuestra clase históricamente en el gobierno, es la de ganar el sustento trabajando.
De tal manera desplegaron esa apócrifa conciencia en sus actos, que, apenas pudieron, malbarataron nuestras riquezas naturales: para su propio sostén. Entre los gobiernos de Ricardo Rojas (1886) y el del "Gaucho" Castro, en la década de 1930, esta provincia se quedó sin selvas. Millones de hectáreas fueron prácticamente regaladas (hubo "ventas" hasta por 10 centavos la hectárea) a mercaderes foráneos.
No se consideraban a sí mismos corruptos estos gobernantes, cuando usufructuaban para beneficio propio el producto del genocidio ecológico. Habían sido educados, desde niños, con la idea de pertenecer a una clase "propietaria" de todo lo existente aquí. Y se sabe que un propietario "puede hacer lo que quiera" con su patrimonio.

Necesitamos actos de madurez social

El requisito básico para sostener la dominación de esta clase alucinada fue y es mantener la pobreza. De tal manera los habitantes se verán siempre obligados a pedir.
El mecanismo axiomático es alcanzar el control de los recursos y administrarlos luego con astucia para evitar cualquier asomo de independencia económica para el resto de la sociedad.
No importa si el dominador es un "hidalgo", un "liberal", un "peronista" o un "radical". Es siempre "el dueño de la comida", a quien los aborígenes sometidos deben ir, cada Semana Santa, a solicitar su bendición.
Mientras la población mayoritaria de Santiago del Estero, con sucesivos actos de valentía cívica, no empiece a quitar sus delirios a estos siempre fallidos gobernantes, nuestra situación seguirá igual.
La Historia de la Humanidad nos lo viene enseñando, con numerosos ejemplos, desde hace bastante tiempo ya.