sábado, marzo 06, 2010

El buen comerciante

El buen comerciante no tiene imaginación. Así, cuando abre un negocio en la calle Libertad... lo bautiza, por ejemplo: "Inmobiliaria Libertad".
Si pertenece a una familia de comerciantes y viene con algo de imaginación, es educado para reprimirla. Y canalizarla únicamente hacia imaginerías "útiles". Entonces, puede soñar con mansiones, automóviles especialmente diseñados para él, vacaciones en lugares paradisíacos y mujeres de erotismo abismal. También con el éxito.
Y ¿qué es el éxito para un buen comerciante? Que "los números cierren". Es decir que, con con el menor gasto posible, se obtenga la mayor ganancia alcanzable. Comprar o fabricar un producto que cueste $ 10 y llegar a venderlo por $ 1.000 es el sueño preferido de todo buen comerciante.
Como no tiene imaginación, al buen comerciante le es imposible ponerse en el lugar de su prójimo. Su mente no conoce categorías metafísicas: se maneja con cosas, u objetos. Él mismo es un objeto, "una máquina" a la que se debe alimentar. Para su percepción, él mismo es una máquina que funciona bien. Muchos de sus prójimos -algunos, también sus "clientes"- son máquinas que funcionan mal. Especialmente los pobres. De ellos hay que alejarse: como se lo haría de un vehículo con problemas de motor.
Cuando el buen comerciante consigue un grado muy alto de prosperidad, directamente se aísla por completo de estas "máquinas de mal funcionamiento". Su vida transcurre entre máquinas relucientes, lustrosas. De casas con aire acondicionado sube a vehículos igualmente acondicionados para trasladarse a oficinas ídem. Se va de vacaciones a espacios exclusivos, entre máquinas humanas que cuando se perciben viejas pueden modificarse, a través de la biotecnología. Entonces olvida para siempre a aquellas máquinas imperfectas -los pobres-, si es que alguna vez supo de ellos.
La escalada feroz de los años 1960 y 1970, donde a través de criminales golpes militares o intervenciones armadas a lo largo y ancho del mundo, la cúpula comercial desbarató los intentos de quienes se habían atrevido a imaginar un mundo feliz para todos, dejó "el Mercado" en sus meras manos.
Así, durante los ochenta y noventa, jóvenes comerciantes, por algunos denominados "yuppies", controlaron los números de todo nuestro planeta. Obtuvieron ganancias siderales. Nunca en la Historia de la Humanidad hubo tanto dinero acumulado. Ni en tan pocas manos.
Pero es necesario cambiar de administradores. Pues los muchachos fueron tan bien educados, para excluir de entre sus factores de cálculo a la imaginación, que ni siquiera son capaces de comprender un dato esencial: en la destrucción que viene, producto de sus exacciones, ellos se contarán, también, entre las primeras víctimas. 
Salvo que aprendan a imaginar. Y por medio de ese instrumento mágico, puedan ubicarse aunque más no fuera por breves periodos, en el lugar de todos.