viernes, octubre 29, 2010

Qué se juzga en el proceso por el asesinato de Cecilio Kamenetzky

José López Rega (jefe de las Tres A) junto a la presidenta Isabel Martínez entregando subsidios a viejitas en Santiago del Estero. En el sitio más alto, dos miembros de la DIP. Un poco más abajo, a la derecha, el abogado Antonio Robin Zaiek, ministro de Gobierno y por entonces jefe de la represión santiagueña.

No es el juicio contra un grupo de psicópatas asesinos que dieran rienda suelta a sus bajos instintos por su cuenta. En las audiencias por el brutal crimen contra el también torturado Cecilio Kamenetzky, comparece toda la sociedad santiagueña. Especialmente quienes poseían las llaves del poder económico, político y militar durante aquel periodo ignominioso. Pero también quienes por su indiferencia o mezquindad permitieron que se consumara, ante sus ojos, el genocidio.

Por: Julio Carreras

El martes 30 de mayo de 1972 el convento de las "Hermanas Esclavas del Corazón de Jesús" y su adjunto el "Colegio de Belén" amanecieron rodeados por fuerzas policiales y militares. Soldados con fusiles FAL, ametralladoras antiaéreas y bazookas se habían apostado, cuerpo en tierra en la plazoleta, apuntando a la casa religiosa y el templo. Un par de jóvenes descubrieron asombrados que en la esquina había un comando militar que operaba... un mortero antitanques. La pareja de jóvenes -una chica de 19 años y un muchacho de 22-, eran novios. Ella estudiante de Ingeniería Forestal, él, periodista en ciernes. Voluntariamente habían subido allí "para hacer guardia". Es que en el Colegio de Belén funcionaba además la Facultad de Ciencias Económicas de Santiago del Estero. Y esa noche había sido "tomada" por los universitarios. Apenas un puñado de ellos eran alumnos de esa facultad: la mayoría de los aproximadamente 150 que ocupaban el edificio, provenían de diferentes carreras universitarias. Los había de Derecho, Sociología, Ciencias de la Educación, Ingeniería Forestal...
Los hechos habían ocurrido más o menos así:
Hacia las 19:00 del domingo 29 de mayo, una convocatoria de todos los sectores políticos estudiantiles había reunido en la plaza Libertad alrededor de quinientos jóvenes, para conmemorar el tercer aniversario de El Cordobazo.
Rodeados por la policía e infiltrados por provocadores de civil, los estudiantes se vieron atacados con gases lacrimógenos.  Fueron dispersándose primero hacia la plaza Independencia, donde tampoco pudieron reunirse, pues los esperaban camiones policiales, numerosos guardias de infantería, la policía montada y perros. Volvieron intentando reorganizarse en el Paseo Diego de Rojas. Finalmente, pudieron confluir, ya en cantidad bastante reducida, en la plaza San Martín, frente a la Casa de Gobierno. El inmenso despliegue policial los obligó a desplazarse por calle Jujuy, hacia la ancha Avenida Belgrano... sólo para encontrarse allí con otro contingente policial, que había clausurado la esquina cruzando camiones represivos. Los aproximadamente 200 jóvenes quedaron, entonces, encerrados justo frente al portal del Convento. Fue entonces cuando policías montados en caballos se lanzaron contra ellos, golpeándolos con bastones de goma, en medio de una lluvia de gases lacrimógenos. Alguien tocó el timbre del convento, y pidió desesperadamente a las monjitas que les abrieran las puertas. Estas accedieron; una avalancha de chicos y chicas ingresó al patio del colegio, cerrando las inmensas puertas de madera labrada en las narices de los policías, que se habían detenido sobre la vereda.
Ya adentro, los líderes de los grupos estudiantiles, como ALE (Agrupación de Lucha Estudiantil) o LAR (Línea de Acción Revolucionaria), impulsaron algunas propuestas por asamblea. Ante la imposibilidad de salir sin ser detenidos, se declaró "tomada" la Facultad de Ciencias Económicas. Con el aval de las monjas propietarias, quienes dialogando cordialmente con los jóvenes les brindaron su protección.

Panorama local

Por ese entonces había sólo cuatro medios de comunicación importantes en Santiago: LV11 (radio AM y FM privada), Canal 7 (TV privada), El Liberal (diario, privado) y Radio Nacional (radio AM estatal). En asamblea los jóvenes resolvieron aprovecharlos -dentro de lo que se pudiera-, para dos propósitos principales:
1) Conseguir la apertura del cerco policial y que no se detuviese a los estudiantes, como se había intimado desde el comando represivo.
2) Difundir la protesta contra una reciente suba de los aranceles, altísimos para el nivel de ingresos habituales de los santiagueños.
La universidad más importante de Santiago del Estero era la Católica, que funcionaba como empresa privada. La Facultad de Ingeniería Forestal, una de las más numerosas en alumnos, constituía sólo un embrión de la futura Universidad Nacional (también requerida por las luchas estudiantiles).
Gobernaba por entonces en la Argentina una dictadura militar. El presidente de la Nación era al mismo tiempo el comandante en jefe del Ejército, teniente general Alejandro Agustín Lanusse. En la provincia, el general Carlos Uriondo había transferido su puesto de gobernador a un abogado demócrata cristiano: Carlos Jensen. Jensen había sido uno de los fundadores de la Universidad Católica de Santiago del Estero y su rector honorario.

Quiénes eran

Fue una noche intensa: no sólo por el frío, que sorprendió a los estudiantes durmiendo en el suelo y los patios del templo. Sino por el permanente acoso policíaco -y ahora militar-, que con reflectores montados alrededor del inmenso edificio colonial, lanzaba giratorios haces de luz sobre su "objetivo", como si estuviesen preparándolo para un bombardeo.
A través de la mediación de un político muy popular, el médico peronista Abraham Abdulajad, se logró finalmente que la policía y el ejército cedieran en su exigencia de que los estudiantes saldrían de allí únicamente como prisioneros. Se llegó a un acuerdo por el cual, con la presencia de autoridades judiciales, testigos socialmente relevantes -como el mismo Abdulajad-, familiares y abogados progresistas, los estudiantes únicamente permanecerían en la Jefatura de Policía sólo el tiempo necesario para ser "identificados". Es decir, no más de dos o tres horas y luego serían dejados en libertad.
A las seis de la mañana un cortejo de adolescentes ojerosos, algo barbudos, chicas despeinadas, algunas envueltas en frazaditas que habían prestado las monjas, se encolumnaron en el pre patio del Colegio de Belén, ante el interior de las grandes puertas, labradas sobre madera. Tras el asentimiento de los jóvenes que estaban en primera fila, una Esclava de Jesús introdujo la gran llave en la cerradura principal, cuatro estudiantes quitaron el travesaño de hierro que trababa por dentro al portal y las pesadas hojas se abrieron.
Los jóvenes pudieron ver entonces, angosta calle de por medio, un terrorífico enjambre de militares, con ametralladoras y escopetas apuntándolos, desplegados sobre la vereda de enfrente. Al frente y en medio de los soldados, los rostros adustos de un coronel, jefe del batallón 141 Santiago del Estero; del gobernador, Carlos Jensen y de Francisco Cerro, abogado y rector de la Universidad Católica de Santiago del Estero.
A una señal del rector avanzaron los camiones policiales, donde fueron cargando a los estudiantes para trasladarlos hasta la Jefatura de Policía. Allí, durante todo el resto de la mañana, los mantuvieron en fila india, sin alimentación alguna, bajo la fría llovizna de aquel día nublado. Uno a uno, los fotografiaron, tomaron sus impresiones digitales, y crearon una carpeta con todos los datos que pudieron obtener tras un interrogatorio breve.
Los jóvenes que integraban aquel histórico grupo de "rebeldes" que fueron capaces de mantener la atención de toda la provincia a su alrededor durante casi doce horas, formaban parte de lo que por entonces era un gran movimiento en Santiago. El que se manifestaba por el fin del autoritarismo militar y la participación real de los ciudadanos en el manejo de los asuntos públicos.
La Argentina había sido gobernada desde diecisiete años atrás por dictaduras militares. Desde una sociedad que había conocido altos niveles de prosperidad social, producción industrial y acceso a la Educación, se levantaba un inmenso clamor. Pues en este periodo habían visto caer sistemáticamente los salarios, degradarse la educación, retroceder la capacidad industrial de la Nación y reducirse a cero la participación del ciudadano común en las decisiones del Estado.
En cada provincia, quienes se atrevían a bregar por el regreso de la democracia y la construcción de un país más justo, eran los mejores hombres y mujeres de toda una generación. Aquellos que habían sido educados en hogares con altos principios éticos, miembros de grupos juveniles cristianos u otras religiones. Descendientes de las familias más prestigiosas de su franja social: hijas e hijos de los mejores profesionales, empresarios, obreros, productores agrarios, campesinos.
Por aquel tiempo, se había comenzado a presentarlos ya como "peligrosos delincuentes subversivos". La única noticia que puede obtenerse, hoy, sobre el suceso histórico anteriormente narrado, es un relativamente pequeño recuadro publicado ese mismo día por el diario El Liberal. En él se informa que "agrupaciones juveniles infiltradas por grupos subversivos tomaron la Facultad de Ciencias Económicas y fueron desalojados por el ejército y la policía".  
Uno de los líderes de aquella ocupación, sin embargo, trabajaba como precoz periodista estrella en el canal de televisión manejado por los mismos dueños de El Liberal. Quien había actuado como mediador había sido elegido por la mayoría de los votos para gobernador en 1962 (la única elección libre efectuada en aquel periodo, anulada al día siguiente por designio militar). Casi todos los demás jóvenes ocupantes eran los mejores alumnos, los que brillaban en certámenes públicos o ambientes intelectuales de la época. También, con frecuencia, los más bellos. 

El genocidio

Con aquella lista lograda por la policía luego de la manifestación juvenil del 29 de mayo de 1972, comenzaba a engordar el acopio de datos para la posterior cacería humana. Que se iba a desatar apenas tres años más tarde. Y que no buscaba en realidad "combatir a la guerrilla". Sino despejar el horizonte de obstáculos para que los más poderosos grupos económicos del momento diseñaran las reglas del juego, social y político, a su antojo.
El Estado es poco más que la representación de los actores económicos en la sociedad. Tal representación suele ser proporcional a la capacidad de daño ejercida por dichos actores. Este parámetro puede determinar que pequeños grupos, pero con disposición de grandes recursos financieros, ejerzan de hecho el poder público, a veces hasta con carácter absoluto. Mientras que el 80 o 90 por ciento de la población, se mantiene despojado de influencia real, en los asuntos públicos. Lo cual convierte a toda una sociedad en simples cautivos de regímenes que, aún basados en su contribución económica para mantenerse, los relegan al borde menos beneficiado de su gestión.
Dos factores sociales constituyen los únicos recursos alcanzables por las sociedades para revertir tamaña injusticia: un alto grado de conciencia pública y el equivalente nivel de organización. Ambos elementos se presentaban nítidos luego de más de quince años de luchas populares en la Argentina. Y habían florecido con madurez sin igual en aquella juventud que Perón llamó "maravillosa".

Las sucesivas descripciones de los testigos coinciden en describir a Cecilio Kamenetzky y Mario Giribaldi -los dos jóvenes asesinados en la Dirección de Informaciones Policiales en noviembre de 1976- como salvajemente torturados.
"Los pies de Mario estaban hinchados, andaba descalzo, no podía llevar calzados ya por las llagas e hinchazón que le habían provocado los golpes y la picana", narró una mujer que, con su pequeña hija en brazos, padeció simultáneamente su detención en aquel recinto espantoso.
Sin cejas ni pestañas, con lastimaduras por todo el cuerpo, rengueando por habérsele enfermado una rodilla, la cual tenía inflamada de pus, Mario Giribaldi era usado para interrogatorios a personas que supuestamente conocía. Uno de ellos, Raúl Figueroa, pudo ver en el recinto de torturas al juez Federal de entonces, Santiago Grand, y a su secretario, Arturo Liendo Roca. Ellos tenían ante sí a este joven, a quien las más mínimas consideraciones humanas hubieran indicado proteger de tales monstruosidades. Sin embargo, lo usaban para carearlo con otros prisioneros, como "elementos de prueba" para sustancias sus pretendidos "procesos judiciales".
Cecilio Kamenetzky fue descripto en no tan calamitosas pero bastante parecidas condiciones por los que compartieron su horror.
Musa Azar, en un estallido repentino de "sinceridad", proclamó culpables a todos los gobernantes, del periodo en que se efectuaron tantas violaciones perversas a los derechos humanos. También a los miembros de las instituciones judiciales, policiales y  militares.
Por nuestra parte, hemos podido acceder a una lista de miles de empleados públicos, docentes, comerciantes, etcétera, que revistaban como informantes de los sistemas de espionaje militares en aquel periodo. En realidad, nadie relativamente educado ignoraba por entonces lo que sucedía.
Se trataba de "un asesinato de masas que busca la eliminación del grupo y que, incluso, puede
incluir medidas para evitar los nacimientos" (Genocidio: definición de las Naciones Unidas).

La Verdad 

Un niño ante el semáforo en rojo haciendo malabarismos con tres manzanas agrias, secas. Descalzo, enfermo, desnutrido. Tratando de obtener, en los segundos que le permiten la detención de los automovilistas, algunas monedas para comer cualquier pequeño alimento hoy. Esto es lo que deseaban evitar aquellos jóvenes como Cecilio Kamenetzky, Mario Giribaldi, Germán Cantos, Santiago Díaz, Daniel Di Chiara, Anabel Cantos, María Rosa Ducca, los hermanos Miguel Ángel y Gloria Susana Figueroa y tantos otros, que fueron víctimas por ello de torturas abominables y posteriores asesinatos.
Estos niños sin presente ni futuro, algunos, los mayores, drogándose con pegamentos químicos en los rincones, pueden hallarse por decenas en cada esquina de Santiago.
La concepción darwinista de "los vencedores", estimula el recurso de ignorarlos. "Hacé la tuya", fue el mensaje permanente y monolítico de la dictadura militar iniciada por Videla, tanto hacia las clases medias como a todo el resto de la sociedad. "No te metas con la vida de los demás: triunfa el más apto, los fracasados merecen morir".
El "más apto", en tal concepción, debe interpretarse como el espécimen humano capaz de acumular la mayor cantidad de beneficios personales sin importarle pasar por sobre la miseria o los cadáveres de sus semejantes. 
En Argentina, entre los años sesenta y setenta, se había formado un grupo "ideológico" (así lo llamaban) insano para los poderes económicos locales e internacionales: pretendían instituir la solidaridad como razón de Estado. Querían instituciones conducidas por quienes demostraban conocimientos, sabiduría y conocimientos técnicos más elevados. No aceptaban ser manejados por aquellos que sólo acataban la disciplina ciega que establecían los propietarios del dinero.
Había que eliminarlos. Había que eliminar ese "cáncer" (como también llamaron algunos militares, de coeficiente mental simiesco, a los jóvenes revolucionarios en aquellas décadas).
En Santiago del Estero no se efectuó ninguna acción guerrillera durante todo el periodo que va desde 1959 hasta 1983, en que terminaría la dictadura militar. ¿Qué se reprimía, entonces, con tan indescriptibles métodos de tortura y crimen estatal?
En realidad, se reprimía el alto nivel de conciencia y organización. Que había llevado a la conformación de Ligas Agrarias, capaces de movilizarse y torcer la voluntad imperiosa de los grandes capitalistas nacionales e internacionales. El inmenso poder de respuesta en las calles de todos los sectores juveniles de la sociedad. Cuyos momentos más claros se habían vivido en los "Rosariazos", "Cordobazos", "Tucumanazos". Que se evidenciaban cotidianamente a través de los Centros de Estudiantes, sindicatos o campañas estudiantiles. Y que obligaban, además, a las universidades no sólo a ser abiertas a todo el pueblo, sino a buscar un nivel de excelencia científica jamás antes alcanzado. Convirtiéndolas en verdaderos agentes de cambio, al preparar más y más personas con capacidad de pensamiento independiente y creatividad que se incorporaban como genuinos agentes de transformación a toda nuestra sociedad.
Finalmente, lograron detener todo eso. Con el anunciado "baño de sangre" que prometía Videla poco antes del golpe militar. *
Pero los genocidios por lo general no logran torcer la historia. Sólo demorarla un tiempo -que si se los mira en perspectiva, a veces no suelen ser tanto como los genocidas desean. Basta mirar nuestra realidad. Miles de jóvenes fueron asesinados, y otros tantos prácticamente anulados en su capacidad de influencia por medio de la cárcel o la proscripción social. Lograron mantener esta aparente victoria durante algunos años. Pero los sobrevivientes, con tesón e inteligencia, han logrado finalmente que la mayor parte de la sociedad comprenda la razón de su lucha y sus reclamos.
Y arribar a estos juicios de los genocidas. Que están constituyendo un resultado simbólico ejemplar para la consciencia colectiva. Semejante a los Juicios de Nuremberg o los más recientes de la ex Yugoeslavia. Tendientes a dejar, cincelado con fuego, el concepto de que no se puede cometer tamaño delitos contra todo o un pueblo... y resultar impunes.


* El general Jorge Rafael Videla en la XI Conferencia de Ejércitos Americanos, realizada en Montevideo en octubre de 1975, afirma: "Deberán morir todas las personas necesarias para lograr la seguridad del país". Luego de dicha conferencia, ante requerimientos de la prensa, afirmó que "se avecina un baño de sangre".

 Nota:  Gladys Loys me corrige. Dice que la fecha en que se tomó la Facultad de Ciencias Económicas fue el 28-29 de junio. El acto había sido como repudio al aniversario del golpe de Estado que derrocara al presidente Arturo Illia. "Esa noche conocí a quien sería mi marido y padre de mis hijos...", dice, en un mensaje que envió a mi correo electrónico. "Imposible olvidar la fecha". Gracias Gladys. La memoria colectiva es mejor, sin duda, que la individual. Con razón hacía tanto frío esa noche: estábamos ya, plenamente en invierno. De cualquier manera, los conceptos por los cuales se mencionaron estos hechos se mantienen incólumnes.